"¡Oh llama del Espíritu Santo, que tan íntima y tiernamente traspasas la sustancia de mi alma y la cauterizas con tu ardor! Pues ya estás tan amigable que te muestras con gana de dárteme en vida eterna cumplida, si antes mis peticiones no llegaban a tus oídos, cuando con ansias y fatigas de amor, en que penaba la flaqueza de mi sentido y espíritu por la mucha flaqueza e impureza y poca fuerza de amor que tenían, te rogaba me desatases, porque con deseo te deseaba mi alma cuando el amor impaciente no me dejaba conformar tanto con esta condición de vida que tú querías que viviese, y los pasados ímpetus de amor no eran bastantes delante de ti, porque no eran de tanta sustancia; ahora que estoy tan fortalecida en amor, que no sólo no desfallece mi sentido y espíritu a ti, mas antes, fortalecidos de ti, mi corazón y mi carne se gozan en Dios vivo , con grande conformidad de las partes, donde lo que tú quieres que pida, pido, y lo que no quieres, no lo quiero, ni aun puedo, ni pasa por pensamiento pedir: y, pues son ya delante de tus ojos más válidas y razonables mis peticiones, pues salen de ti y tú las quieres, y con sabor y gozo en el Espíritu Santo te lo pido, saliendo ya mi juicio de tu rostro, que es cuando los ruegos precias y oyes, rompe la tela delgada de esta vida, y no la dejes llegar a que la edad y años naturalmente la corten, para que te pueda amar desde luego con la plenitud y hartura que desea mi alma, sin término ni fin". San Juan de la Cruz.
domingo, 31 de mayo de 2020
viernes, 1 de mayo de 2020
1° de mayo, san José Obrero.

"José, tu vida transcurrió en la sombra, humilde y escondida,
¡pero fue tu privilegio contemplar muy de cerca
la belleza de Jesús y de María!
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
Más de una vez, el que es Hijo de Dios
y entonces era niño, sometido en todo a tu obediencia,
¡descansó con placer sobre el dulce refugio
de tu pecho amante!
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
Y, como tú, nosotras servimos a María y a Jesús
en la tranquila soledad del monasterio.
Nuestro mayor cuidado es contentarles, no deseamos más.
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
A ti nuestra santa Madre Teresa
acudía amorosa y confiada en la necesidad,
y asegura que nunca dejaste de escuchar su plegaria.
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
Tenemos la esperanza de que un día,
cuando haya terminado la prueba de esta vida,
iremos a verte, Padre, al lado de María.
José, tierno Padre, protege al Carmelo
y, tras el destierro de esta vida, ¡reúnenos en el cielo!".
Santa Teresita del Niño Jesús.
"José, tu vida transcurrió en la sombra, humilde y escondida,
¡pero fue tu privilegio contemplar muy de cerca
la belleza de Jesús y de María!
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
Más de una vez, el que es Hijo de Dios
y entonces era niño, sometido en todo a tu obediencia,
¡descansó con placer sobre el dulce refugio
de tu pecho amante!
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
Y, como tú, nosotras servimos a María y a Jesús
en la tranquila soledad del monasterio.
Nuestro mayor cuidado es contentarles, no deseamos más.
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
A ti nuestra santa Madre Teresa
acudía amorosa y confiada en la necesidad,
y asegura que nunca dejaste de escuchar su plegaria.
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
Tenemos la esperanza de que un día,
cuando haya terminado la prueba de esta vida,
iremos a verte, Padre, al lado de María.
José, tierno Padre, protege al Carmelo
y, tras el destierro de esta vida, ¡reúnenos en el cielo!".
Santa Teresita del Niño Jesús.
viernes, 24 de abril de 2020
Sobre el descenso de Cristo a los infiernos.

"Vamos a tratar de una de las afirmaciones del Credo menos entendidas y peor interpretadas, esencial para comprender las celebraciones de la Pascua: el descenso de Cristo a los infiernos. No basta con mantener los enunciados antiguos; hay que entenderlos, interpretarlos, traducirlos. Intentemos explicarlo.
Los judíos consideraban que los muertos descendían a un lugar donde pervivían, rehenes de Satanás, en espera del juicio. A este lugar lo llamaban Sheol (en hebreo), Hades (en griego), Infernus (en latín).
Por eso, cuando los primeros cristianos dicen que Jesús «descendió a los infiernos», quieren decir que murió de verdad, como cualquier ser humano.
Afirmar la muerte de Jesús era una defensa de la autenticidad de la encarnación (para los herejes, ambas eran aparentes) y de la redención. El Hijo de Dios se hizo hombre con todas las consecuencias, participando también del sufrimiento y de la muerte, como todos los seres humanos.
La Iglesia cree que Jesús verdaderamente se hunde en el mundo de los muertos, del desamparo, «desciende a los infiernos», tal y como reza el llamado «Credo de los apóstoles». Vive la experiencia de la muerte en su totalidad.
Además, los Padres de la Iglesia dicen que Cristo descendió al lugar de los muertos para anunciar la salvación también a todos los que habían muerto antes de su venida a la tierra, para abrirles las puertas de la salvación.
Así lo explica una homilía del s. II que se lee hasta el presente en el oficio de lecturas del Sábado Santo: «El Dios hecho hombre ha despertado a los que dormían desde hace siglos, ha puesto en movimiento a la región de los muertos. En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; va a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él. El Señor hace su entrada donde están ellos y ordena a todos los que estaban en cadenas: “Salid”, a los que estaban en tinieblas: “Sed iluminados”, y a los que estaban adormilados: “Levantaos”»". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.
domingo, 12 de abril de 2020
¡Resucitó, Aleluya!
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"Ofrezcan los cristianos
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ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza. Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. ¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua. Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa".
Amén. Aleluya.
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sábado, 11 de abril de 2020
Sábado Santo.

"Hoy la Iglesia, unida a María, contempla en silencio el misterio del amor y de la esperanza.
Después de la muerte y sepultura de Jesús, los discípulos huyeron, se dispersaron ante el fracaso evidente: su esperanza yace en un sepulcro y la nuestra se mantiene en una mujer, María, la madre de los creyentes.
Ella es la única referencia de la Iglesia en el momento en que su Camino está roto, su Verdad despreciada y su Vida sepultada.
Después de Jesús, ella es la que más conoce al Padre, la que más de cerca ha visto su rostro. Por eso a ella nos dirigimos, en ella buscamos la compañía para esperar. Ella no ve, ella no sabe, ella no entiende, pero ella, como antes Abrahán, cree y espera.
Aquí podemos entender por qué, como Iglesia, recordamos todos los sábados del año a María: porque ella es el referente orante, el punto de apoyo de los creyentes que ya no ven ni esperanza ni camino.
Jesús la ha hecho, desde la cruz, madre de la comunidad (Jn 19,25-27), madre de los discípulos y ella empieza inmediatamente a darles a luz, a convertirles en creyentes, precisamente cuando todo invita a la incredulidad.
Su fidelidad, su sí sostenido hasta más allá de la tumba son el primer tesoro que ha de guardar la Iglesia: «desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19,27), la acogió -dice el texto- entre sus cosas, como cosa suya". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.
viernes, 10 de abril de 2020
Viernes Santo
"En esta tarde, Cristo del Calvario, vine a rogarte por mi carne enferma; pero, al verte, mis ojos van y vienen de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza. ¿Cómo quejarme de mis pies cansados, cuando veo los tuyos destrozados? ¿Cómo mostrarte mis manos vacías, cuando las tuyas están llenas de heridas? ¿Cómo explicarte a ti mi soledad, cuando en la cruz alzado y solo estás? ¿Cómo explicarte que no tengo amor, cuando tienes rasgado el corazón? Ahora ya no me acuerdo de nada, huyeron de mí todas mis dolencias. El ímpetu del ruego que traía se me ahoga en la boca pedigüeña. Y solo pido no pedirte nada. Estar aquí junto a tu imagen muerta e ir aprendiendo que el dolor es solo la llave santa de tu santa puerta". Gabriela Mistral |
jueves, 9 de abril de 2020
Jueves Santo
"Pidamos al Padre Eterno
merecer recibir el Pan Celestial,
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martes, 7 de abril de 2020
Meditación para Semana Santa.
"No estaban preparados. Nadie estaba preparado para la manifestación de Jesús, el Nazareno. Pilló a todos desprevenidos. A sus discípulos, que no entendieron los acontecimientos que se avecinaban; a las autoridades judías, que le acusaron de blasfemo y de falso profeta; a Pilato y a los romanos, que lo condenaron sin tener claro por qué; a los soldados, que lo torturaron sin motivo; a los que lloraron su muerte como una desgracia y a quienes la celebraron como un descanso...
Nadie entendió nada. Se mofaron de él, le escupieron, le azotaron, le acusaron de traición, de blasfemia, de autodenominarse Dios, de revolucionario… Pero nadie entendió lo que estaba pasando.
Tuvo que soportar una horrible pasión para mostrarnos el camino de la vida. Tuvo que soportar la cruz, para que ella se convirtiera en nuestra fuerza. Tuvo que morir para que un soldado romano dijera: "Realmente este hombre era Hijo de Dios". Tuvo que resucitar para mostrarnos cuál es nuestro destino.
Lástima que entonces nadie estuviera preparado para su manifestación, que nadie adivinara quién era ni para qué había venido.
A nosotros nos dejó para siempre su ejemplo y el don de sí mismo: "Si yo , que soy vuestro Señor y maestro, os he lavado los pies, hacedlo también vosotros... Esta es mi sangre, que se derrama para el perdón de vuestros pecados, haced esto en memoria mía".
Señor Jesús, abre nuestros ojos para que descubramos tu presencia junto a nosotros, abre nuestras mentes para que comprendamos tu mensaje, transforma nuestros corazones para que se parezcan al tuyo. Amén". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.
lunes, 6 de abril de 2020
La unción en Betania.

"Cuando «faltaban dos días para la fiesta de Pascua» (Mc 14,1; Mt 26,2), Jesús fue invitado a un banquete en casa de Simón el leproso. Durante la cena, una mujer derramó sobre su cabeza un frasco de perfume de nardo puro, muy valioso, de más de trescientos denarios (el sueldo anual de un obrero).
La valoración es, sin duda, exagerada, pero el texto indica que esta mujer no hace cálculos humanos en su entrega a Cristo: «derrama» sus bienes (o mejor, su vida) por Jesús. Preciosa imagen de un amor sincero y total.
Un don total, que no se puede medir
Precisamente en el mismo contexto de la Semana Santa, Jesús alabó la limosna de una viuda que echó en el arca más que nadie, «porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44).
Como ella, la mujer de Betania ha entregado todo, se ha entregado a sí misma, sin medidas ni razones.
Algunos se preguntaron: «¿Para qué este despilfarro» (Mc 14,4) y es Jesús mismo quien responde: «Para mi sepultura» (Mc 14,8).
Es significativo que en el texto original se usa la misma partícula en la pregunta y en la respuesta para ponerlas en relación, aunque entre medias se añadan otras cosas. Jesús relaciona la unción y su muerte, ya que los cadáveres eran ungidos con perfumes antes de enterrarlos.
Los evangelistas subrayan las distintas actitudes frente a Jesús: Los jefes de Israel se habían «preparado» para acabar con Jesús; Judas se «preparaba» a entregarlo y esta mujer «preparó» su cuerpo para la sepultura. Por eso, Jesús afirma que lo que hizo esta mujer es una «buena noticia» que entra a formar parte del anuncio cristiano (Mt 26,13).
La tensión dramática crece cuando los enemigos de Jesús encuentran un aliado en uno de sus discípulos, que se convierte en modelo de los que abandonan al maestro, de los que lo «entregan» (cf. Mt 26,15).
Una unción mesiánica
Pero este gesto esconde un significado más profundo: Como los reyes eran ungidos con perfumes preciosos, el gesto de la unción, realizado en este contexto, manifiesta que el que va a morir es verdaderamente el rey-mesías, el ungido del Señor, aquel del que se anunció: «El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros» (Sal 45 [44],8).
También los gladiadores ungían su cuerpo antes de la lucha en la arena. Y Cristo se dispone a enfrentarse definitivamente con el enemigo de los hombres, Satanás. La unción en Betania es una preparación para el combate.
El perfume de nardo derramado sobre la cabeza de Jesús indica su consagración real, profética y sacerdotal, su unción mesiánica; pero, al mismo tiempo, anuncia que se prepara para la lucha y la muerte, para la sepultura y el amortajamiento.
En la versión de san Juan, sucedió en la casa de Lázaro, «seis días antes de la fiesta judía de la Pascua» y fue María de Betania la que ungió los pies de Jesús (Jn 12,1).
Por su parte, Lucas también habla de otra unción realizada por una prostituta (Lc 7,36-50).
Esto ha llevado a una confusión, ya que algunos identifican a María de Magdala (ciudad situada en Galilea, al norte) con María de Betania (ciudad de Judea, al sur) y con la prostituta del relato de Lucas, pero son tres personas distintas.
En los casos de María de Betania y de la prostituta se habla de una unción de los pies, un gesto de veneración bastante común en la época, por lo que pudo repetirse varias veces en contextos distintos.
Pero en el caso de la mujer anónima de Mateo y Marcos se trata de una unción en la cabeza antes de su pasión, lo que adquiere un significado distinto, de consagración mesiánica.
Ella no es totalmente consciente, pero está realizando un gesto profético (que cumple lo que anuncia). Por eso, «en cualquier parte del mundo donde se proclame el evangelio, se hablará de lo que esta ha hecho para memoria suya» (Mc 14,9)". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.
domingo, 5 de abril de 2020
Domingo de Ramos.

"... ¿No se llama María su madre?” (Mt 13,55).
"... ¿No se llama María su madre?” (Mt 13,55).
¿No es Jesús el hijo de aquella
que, embarazada y a lomo de burro, cuando el emperador dictó una ley que
ordenaba hacer un censo en todo el imperio, subió con José a Belén, para
hacerse inscribir? (Lc 2,1-5), ¿No es el hijo de aquella que lo dio a luz en un
pesebre? (Lc 2,7), ¿No es el hijo de aquella que, con José y el niño, huyó,
desplazada, a lomo de burro, porque Herodes buscaba al niño para matarlo? (Mt
2,13).
Por eso Jesús, llegada su hora,
dijo a sus discípulos: "Vayan al pueblo que está enfrente. Al entrar,
encontrarán amarrado un burrito. Desátenlo y tráiganlo".
Jesús es el hijo de María, mujer
humilde, y por eso se desplaza como los humildes. De ella aprendió a ser pobre:
no era ciudadano romano, no tenía ningún título distinto a los de “hijo de
María” e “hijo del carpintero”.
Por eso Jesús entra triunfante a
Jerusalén, pero montado en la cabalgadura que le correspondía como pobre,
aclamado por los pobres que le seguían, porque en la sociedad de los
satisfechos no hay lugar para que el pobre triunfe. “Vino a su propia casa y
los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).
María fue pobre y socialmente sin
importancia. Jesús, el hijo de María, fue, como ella, también pobre y
socialmente sin importancia.
Hoy celebramos la entrada de Jesús
en Jerusalén. Como los pobres y los humildes de entonces, reconocemos en la
persona de Jesús, el hijo de María, el proyecto de una humanidad nueva, que se
gesta a partir de la humildad y la sencillez. Acompañando a Jesús y María,
proclamamos la fe en el poder de Dios y, al mismo tiempo, testimoniamos la
esperanza invencible de los pequeños". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.
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