viernes, 19 de abril de 2019

Viernes Santo.
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"En el día del Viernes Santo, en el que hacemos memoria del incomprensible amor de Cristo que le llevó a entregarse por nosotros, reflexionemos sobre las últimas horas de su vida mortal y sobre el significado de lo que sucedió en Jerusalén hace 2000 años.


El silencio de Jesús

Tanto en el proceso judicial judío como en el romano, cuando preguntan a Jesús, él responde a quienes le interrogan. Pero, cuando le acusan, permanece callado y no se defiende, provocando la extrañeza de los jueces. 

La causa es que la legislación de la época establecía que a quien acusaba en falso a otra persona, si se demostraba que su acusación no era verdadera, se le castigaba con la pena que se habría dado al acusado por aquella culpa concreta. 

Si Jesús se hubiera defendido, se habría demostrado su inocencia y habría quedado libre, pero sus acusadores habrían sido condenados a muerte. Algo que Jesús no quiere, ya que él ofrece su vida por todos, también por sus enemigos.

Crucifixión y muerte

La historia de Jesús parece terminar en el Gólgota, en ese siniestro «lugar de la calavera». Es despojado de lo último que le queda, de sus ropas, del resto de su dignidad y sufre la suerte de los rebeldes y de los asesinos, se encuentra entre ellos (cf. Is 53,9). 

Todo el mal y el pecado del mundo caen sobre él desfigurándolo y destrozándolo por completo (cf. Is 53,5). Todos se burlan: el que se cree profeta, que ha confiado en Dios hasta el final, que solo ha hecho el bien a todos los que ha encontrado en su camino, cuelga del patíbulo sin que nadie le ayude ni le crea, abandonado de todos, aparentemente también de Dios.

Antes de crucificarlo le ofrecieron vino mezclado con mirra (Mc 15,23; Mt 27,34). Era una bebida fuerte, que producía un estado de sopor, lo que ayudaba a los soldados en el momento de atravesar al condenado con los clavos. Pero Jesús la rechazó. Quería estar plenamente consciente hasta el final. 

Una vez colocado en la cruz, se sucedieron horas de terrible tormento. En cierto momento, a Jesús solo le quedaban fuerzas para orar. 

Desde la cruz gritó una última plegaria: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Mc 15,34). Es la única vez en todos los evangelios en que Jesús no se dirige a Dios llamándole Padre. 

Esto se debe a que está citando el salmo 22 [21], que inicia precisamente con esas palabras, continúa con un lamento por la persecución injusta y acaba cantando la confianza en la misericordia de Dios, dándole gracias por su salvación: «Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré» (Sal 22 [21],23). 

Por eso san Lucas, en lugar de recordar este salmo, cita otro parecido y pone en boca de Jesús moribundo la siguiente expresión: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46; Sal 31 [30],6). 

En el momento definitivo, Jesús sigue confiando contra toda esperanza en que la promesa de Dios ha de ser más fuerte que el pecado y que la muerte. 

Poco antes de morir, le ofrecieron vinagre para beber (Mt 27,48; Mc 15,36; Lc 23,36; Jn 19,29). Quizás era la misma bebida del principio, aquí llamada de otra manera, o quizás se trataba del vino amargo, casi avinagrado (que en latín llamaban posca), que era de uso común entre los soldados y las clases poco pudientes. 

La primera comunidad cristiana vio en este gesto el cumplimiento de una profecía: «Espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre» (Sal 69 [68], 21-22).

Aparentemente, Jesús muere abandonado de Dios, sin que él se dignara intervenir para consolarlo en sus últimos momentos. El que pasó haciendo el bien y anunció la cercanía de Dios a los que sufren parece haber fracasado en su anuncio. Por eso sus enemigos se burlan de él.

Señales de esperanza

Están presentes en los relatos de la pasión y muerte del Señor algunos gestos y palabras que dejan traslucir que incluso en la más ignominiosa de las muertes y desprecios, queda abierta una posibilidad a la esperanza. Veamos algunos ejemplos: 

Tras la detención, uno de los que le seguían escapa desnudo cuando intentan echarle mano (Mc 14,51-52). Quizás es un testimonio personal de Marcos o quizás sea el mismo joven que aparece en el relato de la Resurrección (Mc 16,5). Se puede insinuar de este modo que Jesús también escapa a la muerte. 

El dinero pagado por Jesús sirve para que los extranjeros puedan ser sepultados a las puertas de Jerusalén (Mt 27,7), con lo que se les abre las puertas a participar de las esperanzas de Israel. 

Un centurión, un pagano, es el primero que confiesa a Jesús como Hijo de Dios, al verlo morir (Mc 15,39). Israel se cierra a Jesús, pero se le abren los corazones de los paganos.

Murió por nuestros pecados, según las Escrituras

Parece natural que Jesús muera, porque la muerte forma parte de la existencia del hombre. Todo cambia cuando comprendemos que el que muere en el Calvario es el Hijo de Dios, entre las burlas de sus enemigos, que le increpaban: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). 

Como no bajó, pensaron que moría abandonado de Dios, por lo que sus pretensiones mesiánicas quedaban truncadas. Esto exigió un enorme esfuerzo de interpretación del acontecimiento y de su significado, por parte de la primera generación cristiana. 

Según el Antiguo Testamento, el mesías debía triunfar. Aparentemente, la cruz es ruptura con las Escrituras. Para comprender el plan salvador de Dios, se tuvo que releer la Biblia.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, que empezando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que decían las Escrituras sobre la pasión del Mesías (cf. Lc 24,26-27), los discípulos se sirvieron de algunos pasajes bíblicos para interpretarla. 

Especialmente del sacrificio de Isaac, la muerte violenta de los profetas, los cánticos del Siervo de YHWH en el libro de Isaías, los sufrimientos del justo en el libro de la Sabiduría y algunos Salmos (como el 22 [21], el 69 [68], y el 109 [108]). 

San Pablo, dentro de este proceso de reflexión, afirmó que «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (1Cor 15,3). En el Credo se recogieron estas dos afirmaciones sobre la muerte de Cristo: que lo hizo según las Escrituras (es decir, cumpliendo un proyecto eterno de Dios) y que fue por nuestros pecados (a causa de nuestros pecados y para perdonarlos). 

La cruz revela el amor de Dios

La Escritura enseña que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Y Jesús, con su vida, ha explicado qué significa el amor. 

De hecho, cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, explica su propio ser y actuar. 

Toda su vida fue una manifestación de un amor llevado «hasta el extremo» (Jn 13,1) en su muerte. Por eso, la cruz es el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios.

La muerte de Cristo es el último paso de un proceso de abajamiento por amor, que inicia en la encarnación, tal como canta el conocido himno de Flp 2,6-11. 

A diferencia de Adán que quería actuar como Dios sin serlo, el Hijo de Dios se «despojó de su rango» y asumió la condición humana, con todas las consecuencias. No una condición humana ideal, sino la real, herida y humillada por el pecado, sometida al sufrimiento y a la muerte. 

Voluntariamente se hizo pequeño y débil, solidario con los pecadores. Y lo hizo por amor.

Paradójicamente, en la debilidad libremente asumida por Cristo se manifiesta la fuerza del amor «hasta el extremo». 

Esto explica por qué la Iglesia venera la cruz. No porque es un instrumento de tortura, sino porque Cristo ha manifestado en ella hasta dónde llega su amor". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.

jueves, 18 de abril de 2019

Historia y celebraciones del Jueves Santo.


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"Nos disponemos a entrar en el Triduo Santo de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, que comienza con la misa vespertina del Jueves Santo, en la que celebramos sacramentalmente la entrega que Jesús hizo de sí mismo en la Última Cena. 


La misa del Jueves Santo por la tarde se celebra en ambiente festivo, con los ministros vestidos de blanco. Durante el canto del Gloria se suelen tocar las campanas, que no vuelven a sonar hasta la Vigilia Pascual. 

En la primera lectura se proclaman las disposiciones sobre la cena pascual que Moisés dio a Israel. La lectura de san Pablo recuerda que Jesús instituyó la Eucaristía precisamente en el contexto de una cena pascual y que nos ordenó seguir haciéndolo en memoria suya. El evangelio de san Juan recoge la escena del lavatorio de los pies (que en tiempos de Jesús era un oficio reservado a los esclavos), como manifestación del amor sin límites del Señor. 

Después de la homilía, el ministro lava los pies de algunos fieles, en obediencia al mandamiento de Jesús: «Les he dado ejemplo para que ustedes hagan lo mismo».

Como el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía, desde tiempos antiguos, la Iglesia reserva el Santísimo para la comunión del día siguiente en un lugar preparado para ello (el «monumento»). Al principio se conservaban en la sacristía el pan y el vino consagrados, pero desde el s. XI los libros rituales romanos excluyen la reserva del vino y especifican que el traslado se haga procesionalmente a un lugar convenientemente preparado. 

La liturgia recomienda «una adoración prolongada en la noche del Santísimo Sacramento ante la reserva solemne», obedeciendo a la petición de Jesús en una tarde como esta: «Quédense aquí y velen conmigo» (Mt 26,38).

La celebración termina en silencio, sin bendición, ni despedida, ni canto final, porque queda inconclusa y habrá de continuarse en los días siguientes. Se desnuda el altar de manteles y adornos, permaneciendo iluminado solo el espacio donde se ha reservado al Señor.

Los documentos litúrgicos más antiguos solo describen en este día el rito de reconciliación de los penitentes (los que habían cometido pecados graves después del bautismo), que recibían el perdón después de haber hecho penitencia durante un largo periodo de tiempo. 

A finales del s. IV, Egeria testimonia en Jerusalén una misa en elMartyrium (la basílica sobre el Gólgota, el lugar de la muerte de Cristo) hacia las dos de la tarde. Al terminar, todos se dirigían a la capilla que había tras la cruz del atrio de la Anástasis (la basílica del Santo Sepulcro, el lugar de la resurrección), donde se tenía otra misa sin lecturas, pero con comunión de todos los presentes (añadiendo que este era el único día del año que se celebraba la eucaristía en ese altar). Después de una cena ligera, todos se dirigían a la Eleona (la basílica sobre el Monte de los Olivos), donde hacia las siete de la tarde comenzaba una vigilia en recuerdo de la agonía de Jesús, que duraba toda la noche y terminaba con una procesión hasta la Anástasis al alba del viernes. 

En el siglo V están testimoniadas tres misas en Roma: la de reconciliación de penitentes, la de consagración del crisma y la que conmemoraba la institución de la eucaristía. Con el tiempo, las tres se fusionaron en una, celebrada por la mañana, en la que adquirió gran importancia la reserva del Santísimo en un monumentum (sepulcro), al que se añadieron flores, velas e incluso soldados romanos (como los que hicieron vela ante el sepulcro de Jesús), llegando a confundirse la reserva del Santísimo con el entierro de Cristo. 

En nuestros días, la misa Crismal se puede celebrar cualquier día cercano a la Pascua, por lo que en las diócesis se suele adelantar a los primeros días de la Semana Santa. La misa de la Cena del Señor se puede celebrar a cualquier hora a partir del mediodía y, donde la situación lo recomiende, con permiso del obispo también se puede celebrar por la mañana". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.

Jueves Santo.


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Antes de padecer, Jesús confesó a sus discípulos: «¡Ardientemente he deseado cenar esta Pascua con vosotros!» (Lc 22,15). Finalmente ha llegado el momento definitivo, la «hora» de la verdad, el banquete tantas veces pregustado y deseado.

En la Última Cena, Jesús sorprende a todos con sus palabras y con sus acciones: lava los pies a los apóstoles y les regala la Eucaristía. La postura interior, simbolizada en el lavatorio, toma cuerpo en el reparto de sí mismo, que anticipa e introduce la Pasión.

Jesús asocia sus discípulos a su Pascua

Lo primero que llama la atención es la insistencia de Jesús en unir sus discípulos a su Pascua y a su destino. 

Ellos quieren prepararle la Pascua y preguntan: «¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?» (Mt 26,17; Mc 14,12). Parece como si pretendieran distanciarse de Él, quizás por el miedo ante lo que estaba por llegar. 

Él quiere celebrarla con ellos y les dice: «Encontraréis un hombre. Preguntadle dónde está la sala para que yo celebre la Pascua con mis discípulos» (Mt 26,18; Mc 14,14; Lc 22,8.30). 

De esta manera, les hace partícipes de su futuro sufrimiento y posterior destino glorioso: «Vosotros habéis perseverado conmigo en mis pruebas. Yo os entrego la dignidad real que mi Padre me entregó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa cuando yo reine, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Lc 22,29-30).

El lavatorio de los pies

El evangelista san Juan introduce la narración del lavatorio de los pies con un lenguaje especialmente solemne: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). 

Para entender el gesto no hemos de pensar en nuestras calles asfaltadas y con alcantarillado. En la época de Jesús, en las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos y las comidas de los animales. Además, pocas personas usaban calzado, y las que lo llevaban se limitaban a unas simples sandalias. 

Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. En las familias pudientes lo hacían los esclavos. En las familias pobres, la esposa o las hijas. 

Para los judíos, era algo tan humillante que un rabino podía pedir cualquier servicio a sus discípulos, excepto que le lavaran los pies. 

Al entrar en una casa prestada para la cena, ningún miembro del grupo se sintió llamado a hacer este servicio. Jesús se quitó el manto y lavó los pies de los discípulos. Voluntariamente ocupó el lugar de los esclavos y de las mujeres, se puso en el lugar más bajo, indicando dos cosas: que Él viene a servir y que no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras.

En otra ocasión, el Señor había dicho: «Cuando el siervo llega a casa después de haber trabajado todo el día en el campo, sirve primero a su amo y después se sienta él a la mesa» (cf. Lc 17,7-8). 

Sin embargo, Jesús es el Señor que atiende a los criados y les lava los pies; que no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos (Mt 20,28; Mc 10,45). 

La institución de la Eucaristía

El relato más antiguo que conservamos de lo que sucedió en la Última Cena dice así: «Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed todos, porque esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en conmemoración mía”. Y lo mismo hizo con el Cáliz» (1Cor 11,23ss). 

San Pablo lo escribió hacia el año 55 y afirma que sus enseñanzas son una «tradición» que él ha recibido como proveniente del Señor.

En la noche «en que iba a ser entregado», Jesús «se entrega», plenamente consciente del significado de lo que está haciendo y de lo que va a suceder después y pide a sus discípulos que celebren perpetuamente el «memorial» de su entrega. 

El rito eucarístico de la cena ha conservado acciones y palabras de Jesús que, después de su muerte y resurrección, aparecen llenas de significado y revelan la actitud de Jesús: Él mismo ofrece su vida. 

No se somete pasivamente a la muerte, sino que se entrega en conformidad con el plan amoroso de Dios, del que su muerte forma parte, dejando a Dios la última palabra. Los hombres pensaban que le arrebataban la vida; sin embargo, Él se adelanta y dice: «esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros [...]; esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por vosotros» (Lc 22,19-20). 

Cristo pide a sus Apóstoles que sigan celebrando la cena como memorial suyo. No se trata de un simple recuerdo, sino de una verdadera y real actualización y comunión en el ofrecimiento que el Señor hace de sí mismo. 

Los apóstoles (es decir, la Iglesia) reciben un ministerio que es participación y ha de ser reflejo de la misión de Cristo en la Tierra: anuncio del reino, comunión de vida con el Padre y entre ellos, servicio generoso a todos los hombres. 

El mandamiento del amor fraterno

Jesús no pide a sus discípulos que sean buenas personas, que se amen mucho. Él quiere mucho más: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34). 

Es la traducción de un precepto que encontramos también en los otros evangelios: «Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto» (Mt 5,48), «Sed compasivos como el Padre es compasivo» (Lc 6,36). Por eso san Pablo pide: «Tened los mismos sentimientos de Jesús» (Flp 2,5), que son los sentimientos de Dios. 

El punto de partida no es el mandamiento («Amaos los unos a los otros») sino el don («como yo os he amado»). 

Porque Él nos ha amado primero, nos ha enseñado qué es el amor y nos ha capacitado para amar...". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.

miércoles, 17 de abril de 2019

Las celebraciones de Semana santa

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"La Semana Santa concentra las principales celebraciones del año litúrgico cristiano. Y el Triduo Pascual (que va desde el Jueves Santo por la tarde hasta el anochecer del Domingo de Pascua) es el corazón de la Semana Santa. En él conmemoramos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.


San Juan Crisóstomo escribió a finales del siglo IV una larga homilía sobre la Semana Santa, en la que recoge el sentir de la Iglesia primitiva. Entre otras cosas interesantes, allí afirma lo siguiente: 

«He aquí por qué la semana presente se llama la Gran Semana. No es porque los días sean más largos que los otros; otras semanas, en efecto, tienen días con más horas de luz. No es porque los días sean más numerosos, pues en todas las semanas el número de días es el mismo. Es porque, en esta semana, Dios ha hecho cosas particularmente gloriosas, es en esta Gran Semana cuando la larga tiranía del demonio ha sido destruida, la muerte ha sido extinguida, […] el pecado ha sido borrado, el paraíso se ha abierto, […] el Dios de paz ha extendido la paz en el cielo y en la tierra. Por eso la llamamos la Semana Mayor o la Gran Semana».

El domingo de Ramos se lee cada año el relato de la pasión en la versión del evangelista sinóptico del ciclo correspondiente (el relato de Juan se deja para el Viernes Santo); el lunes, la escena de la mujer que derrama perfume a los pies de Jesús como preparación para su sepultura (Jn 12,1-11); el martes, el anuncio de las traiciones de Pedro y Judas (Jn 13,21-38) y el miércoles se insiste en la de Judas (Mt 26,14-25). Las primeras lecturas son sendos cantos del Siervo de Yavé, tomadas de Isaías. 

Además, se usan los textos que tradicionalmente se reservaban para el tiempo de Pasión, especialmente el himno Pange lingua, de Venancio Fortunato (s. VI), con la estrofa Crux fidelis de estribillo, que relaciona el árbol del Paraíso y el de la cruz, haciendo un resumen de la historia de la salvación en verso: 

«¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! / Jamás el bosque dio mejor tributo / en hoja, en flor y en fruto. / ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza / con un peso tan dulce en su corteza!». 

El antiguo prefacio de estos días (conservado el 14 de septiembre) contrapone el árbol del Paraíso y el de la cruz, la desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo: 

«Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido por Cristo, Señor nuestro». 

El prefacio actual recuerda la cercanía del Triduo Santo y su significado: 

«Porque se acercan ya los días santos de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa: en ellos celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención».

En la misa Crismal se consagra el crisma, se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y los presbíteros renuevan sus promesas sacerdotales en presencia del obispo. 

Como excepción dentro del tiempo de Cuaresma, se canta el Gloria y los ornamentos litúrgicos son blancos. El prefacio expresa la relación entre Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, y la vida y el ministerio de los presbíteros, colaboradores de ese único sacerdocio: 

«Él elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos». 

Con la misa del Jueves Santo por la tarde comienza el Triduo Santo de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, por lo que entramos en el tiempo litúrgico de Pascua". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.

domingo, 14 de abril de 2019

Domingo de Ramos. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.



"Mientras Jesús y sus discípulos se dirigían a Jerusalén, en Jericó (que era la última etapa del viaje antes de llegar a la ciudad santa) tuvo lugar un acontecimiento que ya anunciaba lo que iba a suceder. El ciego Bartimeo, al oír que pasaba Jesús, comenzó a gritar: «Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10,47). «Hijo de David» es el título del mesías esperado.

Se establece un diálogo entre el ciego y Jesús, que realiza el milagro. Una vez recuperada la vista, «le siguió por el camino» (Mc 10,52) hacia Jerusalén. 


Al entrar en la ciudad, los que lo acompañaban hicieron como el ciego: aclamaron a Jesús con el título mesiánico «Hijo de David». También agitaron ramos y extendieron sus mantos a su paso, gestos que se realizaban cuando los reyes de Israel eran entronizados (cf. 2Re 9,13).



La entrada de Jesús en Jerusalén supuso su manifestación como el mesías que esperaban los judíos. 

En otros momentos no había aceptado este título, para que nadie pensara que venía a reinstaurar el reino de David y a luchar contra los romanos. Cuando quisieron nombrarle rey, después de la multiplicación de los panes, no lo aceptó (cf. Jn 6,15). 

En estos momentos finales de su vida, no le importa manifestarse como lo que es y admite las aclamaciones del pueblo: «Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David» (Mc 11,10). Por eso, cuando los sumos sacerdotes y los escribas se enfadan porque los niños aclaman: «¡Hosanna al hijo de David!», Él los defiende (Mt 21,15-16).


Sin embargo, con sus actitudes y con su predicación explica qué tipo de reinado es el suyo: no entra en la ciudad sobre un carro de combate, aclamado por soldados armados. Por el contrario, entra montado en un asnillo, aclamado por los niños, que menean ramos de olivo y palmas. 

El asno es el animal que usaba la gente sencilla en sus trabajos y en sus desplazamientos (aunque también está relacionado con el rey David y con la unción real de su hijo Salomón, que entró en un asno en la ciudad para tomar posesión de la misma). 

San Juan dice que sus discípulos no entendieron el gesto y que solo más tarde comprendieron que estaba cumpliendo una profecía (cf. Jn 12,16).


En efecto, el profeta Zacarías anunció que el rey de Jerusalén lo terminaría siendo de toda la tierra, pero no por la fuerza, sino por la justicia y humildad: «Se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un borriquillo. Destruirá los carros de guerra de Efraín y los caballos de Jerusalén. Quebrará el arco de guerra y proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar, desde el Éufrates hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10). 

Es decir, será un rey de paz (destruirá los carros de guerra), universal (gobernará de mar a mar) y pobre entre los pobres (cabalga humildemente sobre un burro y no sobre un caballo).


Con su entrada pública en la ciudad santa, Jesús manifiesta una vez más que no le quitan la vida; es Él quien la entrega. 

Jesús sabe que sus enemigos le buscan para acabar con Él (cf. Jn 11,57), pero no huye ni entra a escondidas, porque es consciente de que ha llegado su «hora». 

Desde hacía tiempo, había manifestado en distintas ocasiones que quería subir a Jerusalén para dar cumplimiento a su misión. 

Él era consciente de que allí matan a los profetas y de que su destino no iba a ser distinto del de los que le precedieron en el anuncio de la Palabra de Dios. 

Al mismo tiempo, en su lamentación sobre Jerusalén une su destino al de la ciudad: ambos serán destruidos (el rey y la capital del reino, cf. Mt 23,37s).


En este contexto de su manifestación definitiva, Jesús maldice la higuera estéril (imagen de un pueblo que ofrece a Dios un culto vacío, pura hojarasca sin frutos) y purifica el templo de Jerusalén. 

Estos gestos indican el final de una manera de relacionarse con Dios e inaugura una nueva. Al mismo tiempo revelan que Jesús es el verdadero templo, el lugar de la presencia de Dios entre los hombres". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.

sábado, 13 de abril de 2019

Las tres veces que Jesús llora en la Biblia


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"Dios hecho hombre conoció grandes alegrías, pero también cólera y tristeza

En el Nuevo Testamento, hay tres episodios en los que Jesús derramó lágrimas. Probablemente no son los únicos momentos en que Jesús lloró en su vida, pero estos episodios ponen de relieve cosas que tocaron especialmente su corazón.

1. Jesús llora después de ver la angustia de quienes ama

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. (Juan 11,32-36)
Durante este episodio, Jesús llora después de ver llorar a los que ama y después de ver el cadáver de un amigo cercano, Lázaro.
Estas lágrimas nos recuerdan el amor que Dios tiene por nosotros, sus hijos e hijas adoptivos. Nos muestran cuánto sufre al vernos sufrir. J
esús muestra verdadera compasión y llora ante el dolor de sus amigos. Pero Cristo, luz en las tinieblas, viene a transformar las lágrimas de tristeza en lágrimas de alegría resucitando a Lázaro de entre los muertos.

2. Jesús llora al ver los pecados de la humanidad

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! (Lucas 13,14)
Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: “¡Si tú también hubieras comprendido en ese día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos”. (Lucas 19,41-42)
Cuando Jesús ve Jerusalén, se echa a llorar. Jesús ve los pecados pasados y futuros de las personas y su corazón se rompe.
Dios, nuestro Padre amoroso, se entristece cuando nos ve alejarnos de Él, cuando lo que Él quiere es guardarnos en Su corazón.
Sin embargo, muy a menudo, rechazamos su amor y seguimos nuestros propios caminos. Nuestros pecados hacen llorar al Señor, pero, afortunadamente, sus brazos están siempre abiertos para recibirnos cuando volvemos a Él.

3. Jesús llora en el huerto de los olivos antes de su crucifixión

El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. (Hebreos 5,7)
Según se documenta en la Carta a los hebreos, las lágrimas vienen ligadas a una vehemente súplica a Dios.
Por supuesto, no es necesario llorar para que el Señor nos escuche, pero en este fragmento se muestra que Él es sensible a nuestros “corazones contritos”.
Quiere que nuestras oraciones sean una expresión de lo que somos en nuestra profundidad y no solo en la superficie.
Así, la oración debe abarcar todo nuestro ser y alimentarse por todas nuestras emociones, permitiendo que Dios penetre en todos los aspectos de nuestras vidas". Philip Kosloski 

viernes, 12 de abril de 2019

La Semana Santa de Jesús.



"Estamos a punto de celebrar el Domingo de Ramos, con el que inicia la Semana Santa, de la que decía san Juan Crisóstomo: «Esta es la Semana Grande, la Semana Mayor; no porque sus días sean más grandes que los demás, los hay más largos; sino porque en ellos han sido llevadas a cabo por el Señor cosas admirables».

Algunos podrían preguntarse: ¿por qué la Iglesia dedica tanto tiempo a preparar, celebrar y hablar de la Semana Santa?, ¿por qué da tanta importancia a ese periodo del año? La respuesta es sencilla: en ella sucedieron los principales acontecimientos de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Jesús. 

Si leemos los evangelios con atención, nos daremos cuenta de que la narración de los últimos días terrenos de Jesús es especialmente larga y elaborada. 

San Mateo, por ejemplo, le dedica un tercio de su obra: 2 capítulos a la infancia del Señor, 14 a su vida pública en Galilea, 4 a su camino hacia Jerusalén y 8 a los acontecimientos situados entre el Domingo de Ramos y la Pascua. 

San Marcos le dedica aún más espacio, hasta el punto que la Semana Santa ocupa casi la mitad del libro: no habla de la infancia de Jesús, narra en 8 capítulos su actividad en Galilea, en 2 su camino a Jerusalén y en 6 lo que nosotros llamamos Semana Santa. 

Como vemos, ya desde los tiempos apostólicos, la Iglesia centró su mirada en esos días que llamamos «santos». Reflexionar sobre la Semana Santa de Jesús nos ayuda a comprender mejor toda su vida y su obra. 

Una cosa está clara: la muerte de Jesús desconcertó a sus discípulos, que en un primer momento huyeron de Jerusalén o se escondieron para no terminar como su maestro. Sin embargo, a los pocos días, comenzaron a predicar por todos los sitios que Jesús está vivo: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2,36). 

Después de la resurrección de Jesús, los primeros cristianos releyeron y reinterpretaron su historia a la luz de las Escrituras, encontrando que todo lo que hasta entonces les parecía confuso tenía un sentido, porque correspondía al eterno proyecto salvador de Dios: «Ya os dije que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,44-45). 

Durante la última semana de vida de Jesús (lo que hoy llamamos Semana Santa) tuvieron lugar varios acontecimientos de significado extraordinario que prepararon el desenlace definitivo: entrada triunfal en Jerusalén, purificación del templo, Última Cena, traición de Judas, etc.

La Iglesia primitiva comprendió que esos acontecimientos forman parte de la Pascua de Jesús, que fue el contenido de la primera predicación cristiana (el Kerigma). Eso es también lo primero que se puso por escrito en los evangelios. 

La narración de estos hechos adquirió tanta importancia que algunos autores afirman que los evangelios son relatos del misterio pascual de Cristo, precedidos por una gran introducción, que sirve para interpretarlos correctamente.

Procuremos en estos días profundizar en la comprensión de los acontecimientos que recordamos, celebramos y hacemos presentes en la liturgia. El Señor nos conceda participar de su pasión y resucitar con él. Amén". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.




jueves, 11 de abril de 2019

La Pascua de Jesús


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"Como buen judío, Jesús participó regularmente en la celebración de la Pascua, tal como recuerdan los evangelios: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre» (Lc 2,41-42); «Como ya estaba cerca la fiesta judía de la Pascua, Jesús subió a Jerusalén» (Jn 2,13; cf. 6,4; 11,55).

El domingo anterior a su última Pascua, Jesús entró solemnemente en la ciudad a lomos de un borriquillo, entre las aclamaciones del pueblo y de los niños. El pueblo lo acogió como el mesías anunciado por los profetas, aclamándolo como el enviado de Dios encargado de establecer el reinado de Dios sobre Israel. 

En los días sucesivos, realizó dos importantes gestos proféticos relacionados entre sí, en la línea de los que hacían los hombres de Dios del Antiguo Testamento: la maldición de la higuera estéril y la purificación del templo. 

También desarrolló sus enseñanzas en la explanada del templo, donde tuvo una serie de controversias con sus enemigos. Algunos lo escucharon con gusto, pero la mayoría de los que el domingo lo aclamaron como rey, el viernes pidieron su muerte. 

En ese contexto, Jesús celebró una cena de despedida con sus seguidores, fue juzgado y crucificado, murió, fue sepultado y resucitó, por lo que la palabra Pascua empezó a ser interpretada por los cristianos como la celebración del «paso» de la muerte a la vida, de la humillación a la gloria. 

Como veremos, él ya anticipó su «entrega» en la cena de despedida que celebró con sus discípulos, a los que mandó que siguieran celebrándola en su memoria. 

Por eso, el Triduo Pascual comienza con la eucaristía conmemorativa de la Última Cena, que tiene lugar el Jueves Santo por la tarde...". P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd.